viernes, 23 de septiembre de 2011

Nunca Chifles... Parte I (Fragmentos de la 'Trilogía Illuminatus' de Robert Shea y Robert Anton Wilson - 1975)



A lo largo de la 'Trilogía Illuminatus' descubrimos que uno de sus protagonistas (el inefable Hagbard Celine, anarquista, contrabandista, capitán del submarino Lief Ericsson, y pontífice discordiano) ha publicado un librillo con el llamativo nombre de "Nunca Chifles Mientras estás Meando". Shea y Wilson van desgranando de a poco el escrito de Celine a lo largo de toda la novela, revelando lentamente la extraña mente del misterioso capitán... Aquí les ofrecemos una recopilación del libro dentro del libro.


Traducido por Mazzu Stardust


Nunca Chifles Mientras estás Meando
Por Hagbard Celine H. S., C. M. 


¿QUIÉN ES
AQUEL QUE ES MÁS CONFIABLE
QUE
TODOS LOS BUDAS
Y LOS SABIOS
??
Si chiflas mientras estás meando, tienes dos pensamientos, dos mentes, cuando una sola ya es suficiente. Si tienes dos mentes, estás en guerra contigo mismo. Y si estás en guerra contigo mismo, para una fuerza externa es fácil vencerte. Por eso Mong-Tse escribió: “Un hombre debe destruirse a sí mismo antes que otros puedan destruirlo”.

Una vez escuché a dos botánicos que discutían sobre una Cosa Maldita que había brotado de manera blasfema en el patio de una universidad. Uno afirmaba que la Cosa Maldita era un árbol, y el otro aseveraba que era un arbusto. Ambos tenían argumentos bien fundamentados, y todavía seguían debatiendo cuando me alejé de ellos.

El mundo engendra constantemente Cosas Malditas - cosas que no son ni árboles ni arbustos, ni peces ni aves, ni blanco ni negro - y el pensador categórico solo puede considerar al pinchudo y zumbante mundo de los hechos sensoriales como un insulto profundo a su sistema de clasificaciones indexadas. Los peores de todos son aquellos hechos que violan el “sentido común”, ese monótono pantano de prejuicios hoscos e inercia lodosa. Toda la historia de la ciencia es la odisea de un archivador enloquecido que navega perpetuamente entre Cosas Malditas haciendo malabarismos desesperados con sus clasificaciones para hacerlas encajar, al igual que la historia de la política es la épica fútil de una larga serie de intentos de alinear a las Cosas Malditas y engatusarlas para que marchen como un regimiento.

Toda ideología es un asesinato mental, una reducción de los procesos dinámicos y vivientes a clasificaciones estáticas, y cada clasificación es una Maldición, al igual que cada inclusión es una exclusión. En un universo ajetreado y dinámico donde no existen dos copos de nieve idénticos, ni dos árboles idénticos, ni dos personas idénticas - y en el que la partícula subatómica más pequeña, aseguran, ni siquiera es idéntica a sí misma de un nanosegundo a otro -, todos los sistemas de clasificación son ilusorios. “O, para expresarlo de manera más benévola”, como dice Nietzsche, “todos somos mejores artistas de lo que creemos”.

Es fácil ver que la etiqueta “judío” era una Maldición en la Alemania nazi, pero en realidad esa etiqueta es una Maldición en todas partes, incluso en los lugares donde no existe el antisemitismo. “Él es judío”, “él es doctor”, y “él es poeta” significa, en el centro clasificador del cerebro, que mi experiencia con él será igual a mi experiencia con otros judíos, otros doctores y otros poetas. Por lo tanto, cuando la identidad es asertiva, la individualidad es ignorada.

En una fiesta, o en cualquier otro lugar donde se topan dos desconocidos, podrán observar este mecanismo en acción. Detrás de las presentaciones amistosas hay desconfianza mientras ambas personas intentan pescar la etiqueta que identificará y Maldecirá a la otra. Finalmente se revela “ah, él es publicista”, “ah, él es obrero en una fábrica”. Ambos participantes se relajan, ya que ahora saben cómo comportarse y qué rol interpretar en el juego. El noventa y nueve por ciento de cada uno de ellos ha sido Maldecido; el otro reacciona al uno por ciento que fue etiquetado por la máquina clasificadora.

Ciertas Maldiciones son social e intelectualmente necesarias, por supuesto. Un pastelazo lanzado al rostro de un comediante es Maldecido por el matemático que lo analiza de acuerdo a las leyes newtonianas del movimiento. Dichas ecuaciones nos dicen todo lo que queremos saber sobre el impacto del pastel en la cara, pero no nos dicen nada sobre el significado humano del pastelazo. Un antropólogo, analizando la función social del comediante como chamán, y como bufón sustituto del rey, explica el pastelazo como una reminiscencia de la Fiesta de los Tontos y al asesinato del doble del rey. Esto Maldice al hecho de otra manera. Un psicoanalista, encontrándolo similar a la castración edípica ritual, lanza una tercera Maldición, y un marxista, viéndolo como una forma de salida de la ira reprimida del trabajador en contra de los jefes, lanza una cuarta. Cada Maldición tiene valor y utilidad, pero seguirá siendo una Maldición a menos que se reconozca su naturaleza parcial y arbitraria.

El poeta que compara el pastelazo en la cara del comediante con la Decadencia de Occidente o con su amor perdido comete una quinta Maldición, pero en este caso el elemento lúdico y la extravagancia del simbolismo son inequívocamente obvios. Al menos eso es lo que uno esperaría; aunque al leer a los Nuevos Críticos surgen ciertas dudas sobre ese punto.

La sociedad humana puede ser estructurada de acuerdo a los estatutos de la Autoridad o de acuerdo a los estatutos de la Libertad. Autoridad es una configuración social estática en la cual la gente actúa en roles superiores e inferiores: una relación sadomasoquista. Libertad es una configuración social dinámica en la cual la gente actúa de igual a igual: una relación erótica. En toda interacción entre personas la Autoridad o la Libertad, son el factor dominante. Las familias, iglesias, logias, clubes, y corporaciones pueden ser más autoritarias que libertarias, o más libertarias que autoritarias.

Mientras avanzamos, se hace evidente que la forma de autoridad más agresiva e intolerante es el Estado, que incluso en la actualidad se atreve a asumir un absolutismo que la Iglesia misma ha abandonado hace tiempo, y a reforzar la obediencia mediante las técnicas de la antigua y vergonzosa Inquisición. Sin embargo, todas las formas de autoritarismo son un pequeño “Estado”, aunque estén formadas solamente por dos integrantes. El comentario de Freud, que el delirio de un solo hombre es una neurosis y que el delirio de muchos hombres es una religión, puede generalizarse: el autoritarismo de un solo hombre es un crimen, y el autoritarismo de muchos hombres es el Estado. Benjamín Tucker lo describió con bastante precisión:

Agresión es simplemente otro nombre del gobierno. Agresión, invasión y gobierno son términos intercambiables. La esencia del gobierno es el control, o el intento de controlar. Aquél que intenta controlar a otro es un gobernador, un agresor, un invasor; y la naturaleza de dicha invasión no cambia: no importa si es cometida por un hombre contra otro - a la manera de un criminal común - o por un hombre contra muchos - a la manera de un monarca absolutista - o por muchos hombres contra uno - a la manera de la democracia moderna.

El uso de la palabra “invasión” por parte de Tucker es notablemente preciso, considerando que escribió esto cincuenta años antes de los descubrimientos básicos de la etología. Todos los actos autoritarios son, de hecho, una invasión al territorio psíquico y físico del otro.

Todos los hechos científicos alguna vez fueron Malditos. Cada invención fue considerada imposible. Todo descubrimiento significó un colapso nervioso para ciertas ortodoxias. Cada innovación artística ha sido denunciada como fraude o locura. La entera red de culturas y “progreso”, y todo aquello que fue hecho por el hombre y no nos fue dado por la naturaleza, son la manifestación concreta de la negación de ciertos hombres a someterse a la Autoridad. No poseeríamos más cosas, no conoceríamos más, y no seríamos más que aquellos primeros primates homínidos de no ser por los rebeldes, por los obstinados y por los intransigentes. Como dijo Oscar Wilde “la Desobediencia fue la Virtud Original del hombre”.

El cerebro humano, que ama leer descripciones de sí mismo que lo definen como el órgano de percepción más maravilloso del universo, es aún más maravilloso como órgano de rechazo. Las razones desnudas de nuestro juego económico son fáciles de descubrir y son innegables una vez que han sido expresadas, pero los conservadores - que usualmente son individuos que se aprovechan de esas razones durante cada uno de los días de su vida - se las arreglan para ignorarlas, o para mirarlas a través de un cristal colorido y tergiversador (de manera similar, el revolucionario ignora el conjunto histórico sobre el curso natural de las revoluciones, desde la violencia al caos, y de vuelta al punto inicial).

Debemos recordar que el pensamiento es una abstracción. En la metáfora de Einstein, la relación entre un hecho físico y nuestra percepción de dicho hecho no es como la relación entre la carne y el caldo de carne, una simple cuestión de extracción y condensación; es más parecida, siguiendo la teoría einsteniana, a la relación entre nuestra gabardina y la boleta que nos dieron cuando la compramos. En otras palabras, la percepción humana implica más codificación que apreciación cruda. La red del lenguaje, o de las matemáticas, o de una corriente artística, o de cualquier sistema humano de abstracción, le proporcionan la estructura a nuestras construcciones mentales, pero no del hecho original, si no del sistema simbólico en el que está codificado, al igual que un cartógrafo colorea un mapa de rojo, no porque ese territorio sea rojo, sino porque sus códigos así lo demandan. Pero cada codificación excluye ciertas cosas, borronea otras, y exagera algunas. La mejor forma de codificar el celebrado salto a través de la ventana de Nijinski durante el clímax de Le Spectre d’une Rose es mediante el sistema de anotación de valet utilizado por los coreógrafos; el lenguaje verbal flaquea al intentar trasmitirlo; la pintura y la escultura pueden capturar la magia de uno de sus instantes, pero de un solo instante del hecho; la ecuación de la física Fuerza=Masa x Aceleración ilumina un aspecto ignorado por todos los otros sistemas de codificación, pero a su vez ignora a todo el resto. Toda percepción está influida, formada, y estructurada por el hábito usual de codificar - hábitos de juegos mentales - del perceptor.

Toda autoridad tiene la función de codificar y de crear las reglas del juego. Los hombres se han sublevado una y otra vez armados con azadones para luchar contra ejércitos armados con cañones; los hombres también se han sometido dócilmente a los opresores más débiles y vacilantes. Todo esto está sujeto al grado de las distorsiones codificadas y al condicionamiento que generan en los reflejos físicos y mentales.

A primera vista, parece que la autoridad no podría existir si todas las personas fueran cobardes o si nadie lo fuera, pero que florece de la manera en que lo hace solo porque la mayoría de la gente es cobarde y algunos son ladrones. En realidad, la dinámica interna de la cobardía y de la sumisión por un lado, y de la rebelión y el heroísmo por el otro, rara vez son percibidas conscientemente tanto por las clases dominantes como por las clases serviles. La sumisión no es identificada con la cobardía, si no con la virtud, y la rebelión no es identificada con el heroísmo, sino con el mal. Para los romanos propietarios de esclavos Espartaco no era un héroe, y los esclavos obedientes no eran cobardes; Espartaco era un villano, y los esclavos obedientes eran virtuosos. Los esclavos obedientes también creían eso. Los obedientes siempre prefieren considerarse virtuosos antes que cobardes.

Si la autoridad implica sumisión, la liberación implica igualdad; la autoridad existe cuando un hombre obedece a otro, y la libertad existe cuando los hombres no obedecen a otros hombres. Por lo tanto, decir que existe la autoridad, es decir que existen las clases, las castas, la sumisión y la desigualdad. Decir que existe la libertad es decir que no existe el clasismo, y es decir que existen la hermandad y la igualdad.

La autoridad, al dividir a la gente en clases, crea dicotomía, disrupción, hostilidad, miedo y desunión. La libertad, al poner a todas las personas a la misma altura, crea asociación, amalgamiento, unión y seguridad. Cuando las relaciones entre las personas están basadas en la autoridad y la coerción se produce disgregación; cuando están basadas en la libertad y la no agresión se produce congregación.

Estos hechos son evidentes y axiomáticos. Si el autoritarismo no poseyera la estructura interna preprogramada y de Doble Nudo del Juego Interminable, la humanidad la habría rechazado hace tiempo y habría recibido al libertarismo.

La queja más común de los pacifistas en contra de la guerra (que los jóvenes son enviados a la muerte por viejos sentados detrás de despachos burocráticos que no corren riesgo alguno), falla en su objetivo. Las demandas de que los viejos luchen sus propias guerras, o de que los líderes de las naciones implicadas sean llevados al frente de batalla, etc., apuntan a un supuesto “sentido de la justicia” que simplemente no existe. Para el típico ciudadano sumiso de una sociedad autoritaria es normal, obvio y “natural” obedecer a los machos mayores y más dominantes, incluso arriesgando su propia vida y la de sus parientes, e inclusive por causas injustas y absurdas.

La Marcha de la Brigada Ligera” - la historia de un grupo de hombres jóvenes enviados a la muerte por circunstancias estúpidas y porque obedecieron una orden insensata sin detenerse a pensar - ha sido, y continúa siendo, un poema popular porque la obediencia ciega de los machos jóvenes a los machos viejos es el reflejo condicionado más preciado en las sociedades humanas y homínidas.

El mecanismo mediante el cual la autoridad y la sumisión son implantadas en la mente humana es la codificación de la percepción. Aquello que encaja en el código es aceptado; todo lo demás está Maldito. El Maldito es ignorado, es dejado de lado, es pasado por alto, y - si esto falla - el Maldito es olvidado.

La peor forma de Maldición está reservada para aquellas cosas que no pueden ser ignoradas. Son embadurnadas con los prejuicios proyectados del cerebro hasta que, ya irreconocibles, pueden ser introducidas en el sistema, clasificadas, indexadas, y enterradas. Eso es lo que le pasa a cada Cosa Maldita que es demasiado espinosa y pegajosa como para ser excomulgada completamente. Como observó Josiah Warren, “es peligroso comprender las cosas nuevas demasiado pronto”. Casi siempre no las comprendemos. Las asesinamos y momificamos sus cadáveres.

Un monopolio de los medios de comunicación puede definir mejor a la elite dominante mejor que la celebrada fórmula marxista “un monopolio de los medios de producción”. Desde que los seres humanos extendimos nuestros sistemas nerviosos a través de canales de comunicación tales como la palabra escrita, el teléfono, la radio, etc., quien controle los medios controlará parte del sistema nervioso de cada uno de los miembros de la sociedad. El contenido de esos medios se transforma en parte de los contenidos del cerebro de cada individuo.

De este modo, en las sociedades pre-literarias los tabúes sobre la palabra hablada eran más numerosos y draconianos que en cualquier otro nivel complejo de organización social. Con la invención de la palabra escrita - jeroglífica, ideográfica o alfabética -, los tabúes fueron trasladados a ese medio; hay menos preocupación por lo que las personas dicen y más preocupación por lo que escriben (algunas de las primeras sociedades en desarrollar la escritura, como los egipcios y los mayas, guardaron secretos religiosos en sus jeroglíficos cuyo conocimiento solamente podían compartir las altas órdenes de sacerdocio y las familias reales). El mismo proceso se repite interminablemente: cada avance en la tecnología de la comunicación es recargado con más tabúes que el avance anterior. Por lo tanto, en la América de hoy (post-Lenny Bruce), uno rara vez escucha de arrestos por blasfemia u obscenidad hablada; la persecución sobre los libros todavía continúa, pero los tribunales interpretan las leyes de manera cada vez más liberal, y los escritores se sienten más confiados de poder publicar virtualmente cualquier cosa; las películas se están desacralizando tanto como los libros, a pesar de que la lucha todavía es caliente en esa área; la televisión, el medio más nuevo, permanece enjaulada por tabúes neolíticos (cuando algunos críticos de la TV cometieron lese majeste sobre un discurso del por entonces Macho Dominante, un tal Richard Nixon, uno de sus tenientes rápidamente les informó que se habían sobrepasado, y toda la tribu - excepto una minoría disidente - aplaudió la reafirmación de la tradición). Cuando aparezca un medio más eficiente, los tabúes sobre la televisión menguarán.

La individualidad del ser humano es la Cosa más completa e implacablemente Maldita, prohibida, excluida, condenada, olvidada, relegada, ignorada, suprimida, reprimida, robada, violada y disfamada que existe. Ingenieros, estadistas, psicólogos, sociólogos, publicistas, terratenientes, burócratas, dueños de industrias, banqueros, gobernadores, comisarios, reyes y presidentes están perpetuamente forzando a la Cosa Maldita a entrar en categorías cuidadosamente preparadas, y están perpetuamente irritados porque la Cosa Maldita no encaja en el espacio que tiene asignado. Los teólogos le llaman pecador e intentan reformarlo. El gobernador le llama criminal e intenta castigarlo. El psicoterapeuta le llama neurótico e intenta curarlo. Y aún así la Cosa Maldita no encajará en el espacio que tiene asignado.


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