jueves, 22 de septiembre de 2011

ILLUMINATUS Y LOS 'FNORDS' Fragmento de Illuminatus Parte II: La Manzana Dorada, Libro Tres: UNORDNUNG, Séptimo Viaje, o Netzach

Traducción de Mazzu Stardust

Fragmento de Illuminatus Parte II: La Manzana Dorada, Libro Tres: UNORDNUNG, Séptimo Viaje, o Netzach





Vi los fnords el mismo día que escuché por primera vez sobre el martini plástico. Déjenme ser bien claro y preciso sobre esto, ya que en éste viaje mucha gente es deliberada y perversamente oscura: no hubiera visto, o no podría haber visto los fnords si Hagbard Celine no me hubiera hipnotizado esa noche en el platillo volador.



Había estado en casa leyendo los informes de Pat Walsh y escuchando una nueva grabación del Museo de Historia Natural, y estaba añadiendo unas muestras nuevas a mi colección de fotos de Washington-Weishaupt en la pared, cuando un platillo apareció flotando afuera de mi ventana. Es innecesario decir que no me sorprendió particularmente; había guardado un poco de AUM luego de lo de Chicago y, contrariando las instrucciones del FLE, me lo había auto suministrado. Después de conocer al Dealy Lama, por no mencionar a Malaclypse el Más Viejo, y de ver al loco de Celine hablando realmente con gorilas, supuse que mi mente estaba en un punto de receptividad donde el AUM detonaría algo verdaderamente original. De hecho, el OVNI me decepcionó un poco; mucha gente ya los había visto, y yo estaba esperando ver algo que nadie hubiera visto o imaginado.



Incluso fue más decepcionante cuando me abdujeron abordo y me encontré con Hagbard, Stella y otra gente del Lief Erikson, en lugar de encontrarme con marcianos o una delegación insectoide de la galaxia del Cangrejo.



“Salve Discordia” dijo Hagbard.



“O salve Eris” respondí, siguiendo el patrón dos-tres para completar el cinco. “¿Se trata de algo importante o solamente quieres mostrarme tu último invento?”.



Para ser sincero, el interior del platillo era espeluznante. Todo era no-euclidiano y semitransparente; sentía que iba a caer a través del piso y a hacerme añicos contra el suelo allá abajo. Y cuando comenzó a moverse fue peor.



“No dejes que el diseño te perturbe” dijo Hagbard. “Es mi propia adaptación de la geometría sinérgica de Bucky Fuller. Es más pequeño y sólido de lo que parece. No te caerás, créeme”.



“¿Este artilugio está detrás de todos los avistamientos de OVNIs que se han reportado desde 1947?” pregunté con curiosidad.



“No exactamente” Hagbard rió. “Eso es un fraude, básicamente. Ese plan fue creado por el Gobierno de los EEUU durante el primer mandato de Roosevelt, una de las pocas ideas que tuvieron sin la inspiración directa de los Illuminati. Una medida de reserva en caso de que pase algo con Rusia y China”.



“Hola nena” saludé a Stella con sutileza, recordando lo de San Francisco. “¿Serías tan amable de explicarme, con menos retórica y paradojas, de carajo está hablando?”.



“El Estado está basado en el miedo” dijo ella simplemente. “Si la gente no temiera a nada, se daría cuenta de que no necesita esa enorme mano gubernamental que se mete todo el tiempo en sus bolsillos. Así que plantaron el mito de los platillos en caso de que Rusia y China colapsen por una disensión interna, o que entren en guerra entre ellos y vuelen en pedacitos, o que sufran alguna catástrofe natural inesperada como una serie de terremotos. Si ya no hay enemigos para asustar a los estadounidenses, el mito de los platillos cambiará inmediatamente. Habrá ‘evidencia’ de que vienen de Marte y planean invadirnos y esclavizarnos ¿Entiendes?”.



“Así que construí este aparato que me permite ir a donde quiera sin interferencias” añadió Hagbard. “Cualquier avistamiento de esta nave, ya sea por parte de un operador de radar con veinte años de experiencia o una viejecita de Perth Amboy, es desechado por el gobierno como un caso de autosugestión - porque es algo que ellos mismos inventaron -. Puedo volar sobre ciudades como New York o sobre instalaciones militares súper secretas, o sobre cualquier maldito lugar que se me ocurra ¿No es lindo?”.



“Muy lindo, si” respondí, “pero ¿Para qué me trajiste aquí arriba?”



“Porque es momento de que veas los fnords”. Y entonces desperté en mi cama a la mañana siguiente. Me hice el desayuno de muy mal humor preguntándome si había visto los fnords (sean lo que mierda fueran) durante esas horas borradas, o si los vería tan pronto saliera a la calle. Debo admitir que tenía unas ideas bastante espantosas sobre ellos. Criaturas con tres ojos y tentáculos, sobrevivientes de la Atlántida que caminaban entre nosotros, invisibles gracias a algún tipo de escudo mental y que hacían trabajos secretos para los Illuminati. Era un concepto desconcertante, aunque finalmente cedí al miedo y miré por la ventana pensando que sería mejor verlos primero desde lejos.



Nada. Solamente gente ordinaria y somnolienta que se dirigía a tomar el autobús o el subterráneo.



Eso me calmó un poco, así que preparé las tostadas y el café, y fui a buscar el New York Times al pasillo. Encendí la radio y sintonicé algo de Vivaldi en la WBAI, me senté, tomé una tostada y comencé a leer la primera página del diario.



Entonces vi los fnords.



El artículo hablaba sobre las interminables disputas entre Rusia y los EEUU durante la asamblea general de la ONU, y luego de cada cita directa del discurso del delegado ruso, pude leer un “¡Fnord!” bastante destacado. La segunda nota era sobre el debate en el congreso para retirar las tropas de Costa Rica; cada argumento presentado por el Senador Bacon era seguido por otro “¡Fnord!”. Al pié de la página había una editorial típica del Times sobre el problema creciente de la contaminación ambiental y el incremento del uso de máscaras de gas entre los neoyorquinos; los factores químicos más preocupantes estaban interpolados con un montón de “Fnords”.



De repente vi los ojos de Hagbard quemándome y escuché su voz: “Tu corazón permanecerá en calma. Tus glándulas suprarrenales (tu adrenalina) permanecerán en calma. Calma, todo en calma. No entrarás en pánico. Mirarás al fnord y lo verás. No lo evadirás ni lo borrarás de tu mente. Vas a permanecer en calma y vas a enfrentarlo”. Y más atrás, mucho antes: mi maestro de primer grado escribiendo FNORD en el pizarrón mientras una rueda con un dibujo en espiral giraba y giraba en su escritorio, giraba y giraba y su voz que decía monótonamente



EL FNORD NO TE COMERÁ SI NO LO VES,

NO VEAS EL FNORD, NO VEAS EL FNORD…



Volví a mirar el diario y todavía podía ver los fnords.



Todo aquello estaba un paso más allá del condicionamiento de Pavlov, pensé. El primer reflejo condicionado era experimentar una reacción de pánico (o síndrome de activación) cada vez que encontrabas la palabra “fnord”. El segundo reflejo condicionado era bloquear lo sucedido, incluso la palabra misma, seguido por un sentimiento de angustia remanente que no podemos explicar. Y, por supuesto, el tercer paso era atribuir esa ansiedad a las noticias del diario que ya de por sí eran malas.



La esencia del control es el miedo. Los fnords provocaban que toda una población estuviera angustiada, atormentada por úlceras, mareos, pesadillas, taquicardia y otros síntomas del exceso de adrenalina. Toda mi arrogancia izquierdista y la apatía por mis paisanos se derritieron, y sentí una lástima genuina. Me di cuenta por qué los pobres bastardos creían en todo lo que se les decía, por qué aguantaban la polución y el transito abarrotado sin quejarse, por qué nunca protestaban ni devolvían las agresiones, por qué nunca demostraban mucha alegría, excitación, curiosidad o cualquier otra emoción humana normal, por qué vivían perpetuamente con una visión restringida, por qué pasaban por los barrios bajos sin notar la miseria ajena o el propio peligro… Entonces tuve una corazonada y busqué los avisos comerciales del diario. Era lo que esperaba: no contenían fnords. Esa era otra parte del truco: solamente a través del consumismo, un consumismo interminable, la gente podía escapar de la amenaza amorfa de los fnords invisibles.



Seguí pensando en eso camino a la oficina. Si yo le señalaba un fnord a una persona que no había sido desprogramada como Hagbard hizo conmigo ¿Qué diría? Probablemente leerían la palabra antes o después del fnord. “No, ésta palabra”, diría yo. Y aún así seguirían leyendo una palabra adyacente ¿Se elevaría su nivel de pánico a medida que la amenaza se acercara al conciente? Preferí no intentar ese experimento; podría provocarle una fuga sicótica al sujeto. Después de todo, el condicionamiento debía datar desde antes de la escuela. No me sorprendía que todos odiásemos tanto a nuestros profesores: teníamos una idea leve y difusa de lo que ellos nos habían hecho al convertirnos en fieles sirvientes de los Illuminati.




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