viernes, 28 de noviembre de 2014

La Inquisición estaba procediendo alfabéticamente (Por RAW)

La Inquisición estaba procediendo alfabéticamente



Robert Anton Wilson

(Fragmento de The Earth Will Shake: Volume One of the Historical Illuminatus Chronicles)

Traducción: Mazzu




Un día de 1760, todos los chicos de Eton fueron excusados de sus clases y llevados a la capilla. Los maestros tenían aspecto severo, y todo el mundo supo que algo no andaba bien.

El capellán, el Padre Fenwick, había sido papista - todo el mundo lo sabía -, pero había sido un buen anglicano por más de veinte años hasta la fecha, y todos los antiguos rumores de sus vínculos con los complots jacobinos habían sido desacreditados. Tenía alrededor de cincuenta años, y era estimado por los chicos - lo consideraban un clérigo alegre y amable, no del espécimen opresivo y rígido. Pero hoy se veía como una tormenta de truenos y relámpagos cuando subió al púlpito.

Algunos de los chicos han estado robando vino de la sacristía otra vez, pensó John.

“Hoy debo hablar sobre un tema muy, muy terrible” dijo el Padre Fenwick en un tono que sugería como mínimo que la profanación de tumbas y la magia negra estaban implicadas, por no decir el asesinato a hachazos. “Le rogaría a Dios que no permitiese que mis labios articularan palabras tan viles, pero esta vez es necesario pronunciarlas. Hay muchas clases de pecados, pero algunos son tan espantosos que su sola mención le hace sentir nauseas a la gente sensible. Hay un pecado en particular que es conocido por aparecer a menudo en escuelas como ésta, donde muchos jóvenes conviven en cercanía durante períodos largos. Hablo de la abominación que está en contra tanto de la Naturaleza como de las Escrituras. Todos vosotros conocéis la historia de Sodoma y Gomorra…”.

Oh, Jesús, pensó John. Ellos lo saben. Tal vez deba dispararme con una pistola ni bien salga de aquí.

El Padre Fenwick habló extensamente sobre el pecado de la sodomía. Dijo que Dios había destruido con fuego y azufre a la ciudad de Sodoma porque aquél pecado era aborrecible para Él. Que ese vicio era tan vil que ni siquiera era mencionado por los caballeros, a pesar de que hiciesen bromas sobre otros pecados carnales. Dijo que al principio las autoridades de Eton no quisieron creer que hubiera un nido de monstruos en su escuela, pero que hubo tantos rumores que comenzaron a investigar. Dijo que habían descubierto a dieciocho practicantes de aquel repugnante vicio.

Dios mío, pensó John, ¿Quiénes son los otros dieciséis?

El Padre Fenwick explicó que si los culpables acudían a él y se confesaban, podrían recibir la absolución; pero que debían jurar ante Dios que abandonarían su vicio ignominioso, o la absolución sería un engaño hacia el Señor y magnificarían sus culpas. Y de ahora en adelante todos seremos vigilados, pensó John; seremos perseguidos como si viviésemos en las tierras de la inquisición. Se preguntó si aquello no sería una treta. Supongamos que su nombre no estaba en la lista. Al confesarse estaría asomando la cabeza sin ningún tipo de razón. Pero si su nombre estaba en la lista y él no confesaba…

“De esos dieciocho, aquellos que no vengan a mí para confesarse en privado serán considerados como porfiados en su pecado” dijo el Padre Fenwick. “La escuela no tendrá otra elección. Dichos jóvenes serán expulsados, y sus padres serán informados de la razón de su exclusión”.

Supongamos que Geoffrey no confiesa, pensó John; si yo confieso deberé nombrarlo - ellos insistirán en eso -, y él será enviado a su hogar nefastamente.

Pero supongamos: yo no confieso y Geoffrey si; entonces yo sería el que volvería a casa de manera infame.

El Padre Fenwick siguió hablando y hablando. John se dio cuenta de que todo aquello había sido ensayado y tramado, como una conspiración napolitana. La reprimenda seguiría un largo rato, tortuosa, repetitiva e incoherente como los desvaríos de un anciano, y esa monotonía provocaría aprensión en los culpables. Ninguno de los chicos podría abandonar la capilla hasta que se consiguiera el efecto emocional planeado. 

Ya han hecho esto con anterioridad, pensó. Tal vez lo hacen cada seis o diez años; lo han convertido en una ciencia.

Comenzó a analizar la situación. Probablemente van a mantenernos separados de alguna forma para que no podamos hablar, pensó. Si dos de nosotros prometemos no traicionarnos, el sistema falla. Depende enteramente de que cada uno no pueda estar seguro de que el otro no lo delatará primero.

No se atrevió a mirar alrededor buscando la mirada de Geoffrey. Probablemente ellos estuvieran observándonos como halcones para ver cuales chicos estaban mirando a otros.

El Padre Fenwick continuó hablando sobre los efectos aterradores del vicio. Habló del afeminamiento, de la debilidad mental, de la locura y de enfermedades incurables. Dijo que los practicantes rara vez sobrevivían hasta la adultez, a menos que renunciaran al pecado. “Les tiemblan las manos,” dijo gravemente, “comienzan a perder la vista. No pueden concentrarse en sus estudios…”.

¿Cuánto puedo confiar en Geoffrey? Él dijo que me amaba, pero…

Súbitamente, la charla concluyó.

“Ahora iré a la rectoría” dijo el Padre Fenwick. “Se os dejará salir de la capilla de a uno, en intervalos de cinco minutos. Cada uno de vosotros vendréis a mí y me diréis que no tenéis nada que confesar, o haréis vuestras confesiones y rezaremos juntos para que Dios os perdone y os dé la fuerza para resistir a este pecado bestial en el futuro”.

El sacerdote dejó el púlpito.

“Ainsley Minor” gritó el Sr. Murdstone.

Santo Dios, pensó John, van por orden alfabético, por supuesto. Yo iré pronto; y Geoffrey Wildeblood tendrá una larga, larga espera preguntándose si yo lo entregué o no.

Pareció una eternidad hasta que Murdstone lo llamó “Babcock Major”.

John cruzó el patio muy consciente de que los castaños habían florecido bellamente, muy consciente de que el azul del cielo era el mismo que el de los ojos de Geoffrey (“ojos que se remontan al paraíso” dicen los dublineses), muy consciente de que estaba por tomar la decisión más difícil de su joven vida.

En un momento de desesperación total, pensó: no importa si no lo confieso de entrada. Él lo verá en mis ojos. Me mantendrá allí, interrogándome hasta que confiese.

Abrió la puerta de la rectoría.

El Padre Fenwick estaba sentado detrás de su escritorio. Lo miró secamente. “¿Y bien, Babcock Major?”.

“No tengo nada que confesar, señor”.

Pausa. Una larga mirada inquisitiva de aquellos ojos oscuros.

“¿Está seguro, Babock Major?”.

“¡Si, señor!” viejo cerdo.

Otra pausa. Para que yo sude un poco.

“Puede retirarse, Babcock Major”.

“Gracias, señor”.

John cruzó nuevamente el patio dirigiéndose a su habitación. Nunca creí que pudiera mentirle a un adulto y salirme con la mía, pensó. Pude hacerlo porque recordé los azotes y me di cuenta de lo que ellos son.

Esto no es solamente una escuela. Esta es una institución para la producción de autómatas. Es manejada por autómatas, que fueron producidos por otros autómatas hace mucho tiempo, y que ahora han olvidado lo que es ser humano y están empeñados en hacernos autómatas a nosotros.

Recordó la historia que había leído en los periódicos de Londres hacía un par de meses atrás. Había sido escrita en lenguaje velado, pero todo el mundo sabía a qué se refería, y muchos chicos mayores habían hecho bromas sobre ello. Se había descubierto un burdel que se especializaba en azotar a los hombres. Por supuesto, pensó: a algunos de los autómatas les terminaron gustando los azotes. Y a algunos de ellos les empieza a gustar proporcionarlos, y vienen aquí y se convierten en maestros o directores. Cuando las cosas marchan ya de esta manera y un niño es azotado, nadie se atreve a cuestionar si es justo o no, porque venimos aquí a convertirnos en autómatas y los autómatas no hacen preguntas. Se mueven como los engranajes mandan.

Estaba de vuelta en su habitación, a solas. Henson Minor y Montgomery Minor, con quienes compartía la habitación, no estarían de vuelta por un tiempo, ya que la Inquisición estaba procediendo en orden alfabético.

No, no eran exactamente autómatas, pero que no sabían lo que estaban haciendo. Le bajan los pantalones a un niño. Se quedan mirándole las nalgas. Lo azotan hasta que le sangran las nalgas. Y creen que esto es algo virtuoso, porque se hace en una escuela, y se convierte en vicio sólo si se hace en un lugar con una farola roja colgada sobre la puerta.

¿Cuánto tiempo pasaría antes de saber si Geoffrey había confesado?

John trató de distraerse. Abrió un libro de su escritor favorito, el hombre cuya lápida hablaba con feroz indignación. Se encontró leyendo una y otra vez, sin divertirse en absoluto:

La semana pasada vi desollar a una mujer, y será difícil creer hasta qué punto empeoró su aspecto. Ayer mandé a desnudar en mi presencia el cadáver de un petimetre, y cuando quedamos pasmados viendo tantos defectos insospechados bajo aquel traje, hice que le dejaran el cerebro, el corazón y el bazo al descubierto; pero percibí claramente, en cada operación, que a medida que procedíamos, encontrábamos que los defectos aumentaban en número y volumen; de todo lo cual, formé con justicia esta conclusión: que todo filósofo o proyectista capaz de descubrir la manera de soldar y arreglar los defectos e imperfecciones de la naturaleza, merece mucho mejor trato de la humanidad, y nos enseña una ciencia más útil que la que tanto se estima en la actualidad, que consiste en ampliar y exhibir tales deficiencias (como quien sostenía que la disección anatómica era el fin último de la medicina). Y aquél cuya buena suerte y dotes personales le han colocado en una situación ideal para disfrutar de las frutas frescas de este noble arte, y que puede, como Epicuro, satisfacer su espíritu con las imágenes de la superficie de las cosas y la película que las recubre; un hombre así, verdaderamente sabio, disfruta de la crema de la naturaleza, dejando la leche cortada y las heces para que las arrebañen la filosofía y la razón. Esta es la cumbre sublime y exquisita de la felicidad, a saber, el estado permanente de quien se siente gratamente engañado, es decir, la apacible serenidad de ser un necio rodeado de bellacos.

John había disfrutado de ese pasaje, pero ahora la ironía parecía teñida con algo un poco más siniestro. Esto era tan cómico como el asesinato de Cristo; era la broma de un hombre que bromea porque la única alternativa es correr gritando por la casa.

Señor, ¿cuántas horas va a durar esto?

“Vi desollar a una mujer”: sí, y todavía se podía ver eso cada vez que uno iba a Newgate Hill. Uno podía estar bastante seguro de que aquello empeoraba su aspecto; y que alteraba a todas las demás personas de Newgate Hill para peor, aunque es posible que no se dieran cuenta. Se podía ver a un niño siendo azotado cualquier día en Eton, y los azotes en realidad no eran muy diferentes del desollamiento.

Henson finalmente regresó; y un poco más tarde, Montgomery. Ambos se daban grandes ínfulas de diversión y cinismo; pero John se preguntaba si alguno de ellos había sido culpable, sin que él lo supiera; y sabía que se estaban preguntando lo mismo de él - y tal vez el uno del otro.

Se dio cuenta de que el misterio y las sospechas se cernerían sobre esta clase durante años.

Finalmente, llegó el momento de la cena. No habían citado a John a la oficina del director; Geoffrey no había confesado. John sintió un poco de culpa por haber dudado de Geoffrey.

El Sr. Murdstone pronunció un breve discurso una vez que todos los chicos estuvieron en el comedor. Dijo que habían sido obtenidas treinta confesiones - no las dieciocho que esperaban, notó John. Murdstone añadió que un chico había huido, pero probablemente pronto sería encontrado. Luego les dijo a todos, en tono solemne, que no se permitiría volver a hablar sobre este asunto, dentro o fuera de la escuela, y advirtió a todos que la propia escuela sería deshonrada si este escándalo pasaba más allá de las paredes.

Luego el Padre Fenwick emitió otro discurso. Dijo que los treinta culpables estaban verdaderamente arrepentidos y que nadie debía tratar de conocer sus identidades. “Eso debe seguir siendo un asunto entre los propios niños y Nuestro Padre en el Cielo”, dijo.

Y todo el mundo lo sabrá en una semana, pensó John. O al menos todo el mundo va a aparentar saberlo.

Entonces se dio cuenta de que Geoffrey no estaba en el comedor. Geoffrey era el chico que se había escapado.

Jesús, Jesús, pensó. Justo cuando pensé que todo había terminado. Lo peor está por venir.

Nunca recordó lo que sirvieron esa noche para cenar. En algún lugar, ahí fuera, en la oscuridad, Geoffrey estaba vagando, asustado. ¿Dónde podría ir? No a su casa, sin dudas. ¿Estaba fantaseando en huir con los gitanos, convertirse en un grumete en un barco hacia América, o simplemente estaba inmerso en la depresión, caminando y caminando como un caballo con anteojeras? Dios lo ayude, pensó John, si cae en manos de los salteadores de caminos.

Probablemente los hombres del sheriff recogerían a Geoffrey por la mañana. Con ese cuello almidonado, sabrían que era de Eton y lo traerían de vuelta aquí. Y luego, aterrorizado y debilitado después de esa noche de calvario, Geoffrey confesaría todo.

Expulsión.

John trató de imaginar la mirada en los ojos de su padre cuando regresara a casa como un sodomita convicto.

Legalmente era un delito para la horca, pero en realidad John nunca había oído hablar de nadie que hubiera sido ahorcado por ello. Probablemente te deportaban a América o al Continente. Aún así, de acuerdo con los libros, podrían colgarte si así lo deseaban.

Geoffrey probablemente estuviera pensando en eso, allá afuera en la oscuridad. Geoffrey sabía todo sobre la sodomía y sus implicaciones: dijo que siempre había sabido que él era de esa manera, desde que tenía memoria. John no estaba seguro sobre  sí mismo; a menudo tenía fantasías con chicas. Si las chicas hubieran estado disponibles - bien, entonces podría haber tenido otro tipo de problemas. Pero eso era inútil ahora. Cualquiera que fuese la calamidad que iba a caer sobre él, era porque había amado a Geoffrey, y no a una chica.

Con una chica no sólo era pecado, sino que también era peligroso, porque ella podría quedar embarazada. Con un chico era contra natura porque no podía quedar embarazado. Parecía que entonces sólo quedaban las ovejas; pero no, eso era abominable. También estaba tu propia mano derecha, pero aquello provocaba ceguera. Creo que nos están mintiendo sobre algo en todo esto, pensó John.

Maldita sea, ¿dónde estaba Geoffrey, y qué estaba haciendo afuera en la oscuridad?

A las ocho de la tarde, la noticia llegó a West Hall, donde John estaba alojado.

Geoffrey Wildeblood había sido encontrado en un estanque, muerto. “Por caridad debemos suponer que cayó allí por accidente”, dijo el Sr. Drake, que había traído la historia. “Así al pobre muchacho se le dará cristiana sepultura. Por el bien de sus afligidos padres, que ninguno de ustedes diga ni una palabra en contrario. Recuerden, les ruego, que todo lo que sabemos con certeza es que el pobre muchacho se ahogó; todo lo demás es inferencia. Difundir deducciones desfavorables es pecado de habladuría, condenado en la Sagrada Escritura.

John se dio cuenta de que no sentía nada.

Tal vez sólo estoy entumecido por la conmoción, pensó.

O tal vez soy uno de esos monstruos que no tienen sentimientos humanos normales.

John imaginó a Geoffrey flotando en el estanque, y las náuseas lo invadieron; pensó por un minuto que devolvería la cena. Pero eso era terror, no dolor verdadero. ¿Qué me ha sucedido? se preguntó. ¿Ha muerto una parte de mí hoy junto a Geoffrey?

Todos esos cuellos almidonados de Eton, pensó, y nadie sabe lo que pasa en las cabezas sobre ellos. Futuros primeros ministros y futuras figuras destacadas de todo tipo. Todo ese aprendizaje para ocultar las emociones y convertirse caballeros ingleses. Treinta confesaron; Geoffrey y yo no confesamos; ¿y los demás? Sólo Dios podía contestar.

Permaneció despierto mucho después de que se apagaran las velas, todavía sin sentir nada. Tal vez el dolor es de esta manera, pensó; se tarda unos cuantos días hasta que lo sientes. “Hice que le dejaran el cerebro, el corazón y el bazo al descubierto; pero percibí claramente, en cada operación, que a medida que procedíamos, encontrábamos que los defectos aumentaban en número y volumen...”

Geoffrey era demasiado sensible, básicamente. No podía soportar las burlas normales y el cruel ingenio de los chicos de Eton; se sentía herido y deprimido con facilidad. Geoffrey se suicidó porque lo pusieron en una trampa y se quebró por la tensión.

Todo lo que parece imperfecto aquí en la tierra tiene un modelo perfecto en la mente de Dios; Geoffrey realmente había creído en eso. Entonces hay una Eton perfecta en la mente de Dios, pensó John. El sistema funciona a la perfección allí. Todo el mundo confiesa; nadie miente; nadie salta a un estanque. Y todos se gradúan y se convierten en perfectos caballeros ingleses. Y lo mejor de ellos, la crema de la crema, el pluscuamperfecto de lo perfecto, llega finalmente a una perfecta Cámara de los Lores y ronca perfectamente mientras que los proyectos de leyes perfectas están siendo perfectamente debatidos.

Y los verdugos son perfectos allí; cuando desollan a una puta, utilizan látigos perfectos.

Yo sé por qué Geoffrey suicidó, pensó John. Él no me traicionaría, pero no podía entrar a la rectoría y mentirle al Padre Fenwick. Tal vez caminó hacia la puerta de la rectoría muchas veces, pero cada vez que se alejaba para huir cruzaba el patio de nuevo, probablemente para detenerse a observar el antiguo tablero de azote del siglo XIV. (¿Guardan ese trasto para mostrar lo mucho que hemos avanzado desde entonces, o para advertirnos de lo que son capaces de hacer si surge una rebelión?) Debió caminar de un lado a otro, tratando de juntar coraje. Pero no podía mirar al sacerdote y mentirle.

Así que se lanzó en el estanque y murió.

Al amanecer, John pensó: nunca lo volveré a ver. Eso es lo que significa la muerte. Shakespeare lo expresó en cinco palabras: nunca, nunca, nunca, nunca, nunca.

No había ninguna parte de él que yo no haya besado; no hay ninguna parte de mí que él no haya besado. Y nunca, nunca, nunca, nunca, nunca volveré a verlo de nuevo.

John comenzó a sentir algo, por fin. No era pena. Sintió una indignación feroz que laceraba su corazón.

Será una vida solitaria, pensó, viviendo una mentira. Pero esa es la condición de la supervivencia en este lugar y en este momento. Y en algún momento voy a tirarles la mentira en sus rostros.

Algún día. De alguna manera.



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