martes, 18 de marzo de 2014

Belladona - por Robert Anton Wilson (relato, fragmento de Right Where You Are Sitting Now)


Belladona

Por Robert Anton Wilson (relato, fragmento de Right Where You Are Sitting Now, )
 
Traducción: Mazzu

 

Voy a hacer mi declaración, pero seguramente van a tener muchos problemas para entenderla. Tal vez he nacido para que me cuelguen, aunque tal vez no. Pueden decir que las cosas se me apilaron encima. Los Proctoscopios Sionistas, los platillos voladores y toda esa gente sensual con sus vibradores. Ok, trataré de mantener el orden de las cosas. Mi nombre es James Tyrone Carpenter, pero pueden llamarme Jim; todos lo hacen. He sido Sheriff aquí en Mad Dog, en el gran Estado de Texas, durante diecinueve años. Mi pobre mujer se llama Suzie Belle. No tuvimos niños – el doctor dice que es ella la que no puede. Somos lo que la gente de aquí llama Demócratas del Perro Amarillo; esto es, votamos por el mismo partido aunque pongan a un viejo perro amarillo de candidato. Sí, incluso aunque Jesucristo sea el candidato de los Republicanos ese año. Papá era granjero, y también lo fue su padre. La gente confía en mí. No, no me apuren. Estoy llegando al punto a mi manera. Al plato volador lo vi hace quince años… Maldita sea, el plato volador está conectado al asunto. Si no quieren que les cuente mi historia con mis propias palabras – Bueno, está bien, decidí matar a Suzie Belle hace un mes, más o menos. Fue por la gente sensual ¿Qué? Eso es lo que he tratado de decirles. Si me dejan contarlo a mi manera todo tendrá sentido, como la tabla de multiplicar. El platillo volador –

 

No les enseñan modales en esa pomposa universidad, ¿No? No dejan hablar a la gente. Pues bien; todo comenzó con los Proctoscopios de los Sabios Sionistas. Mi papá leyó sobre ellos en una gran revista patriótica publicada por el reverendo Gerald L.K. Smith. Pero no creo que ustedes hayan oído hablar de los Proctoscopios o del reverendo Smith. Eso es por el lavado de cerebros que les hacen en esas universidades. Verán, los Proctoscopios explican cómo fue que esos judíos se reunieron a complotar para apoderarse del mundo en 1880 en Rusia.

 

No, malditos tontos. No digo que sea tan simple. Cuando me uní a la Sociedad John Birch, allá en el ’54, dos años antes de ver el platillo volador que – bueno, no habría visto el platillo si no hubiera leído los Proctoscopios y no me hubiera unido a la Sociedad Birch  - estoy tratando de hacerlo simple. Siento tanta lástima por esos niños como cualquiera del pueblo.

 

El asesinato es un asunto complicado. Y recuerden que soy un hombre de ley.

 

Fue Perry English, el presidente de la sucursal Birch local, quien me contó sobre los Illuminatuses. Tampoco han oído nada sobre ellos, supongo ¿Quiénes son? Son la banda que controla a los Sionistas, los verdaderos jefes ocultos. Perry cree que los Nudistas Tibetanos, y que los Sionistas sólo son una fachada. Lo mismo los comunistas, en tal caso. Podría contarles la verdadera historia de la música de rock and roll y de la fluorización, y de cómo Adam Weishaupt, el primer Illuminatus, asesinó a George Washington y tomó su lugar como presidente, estableciendo el control Illuminatus aquí en América, y un montón de otras cosas que no leerán en los periódicos que ellos manejan. Y les sorprenderá saber cómo encajan en el cuadro Liz Taylor y esos dibujitos de Bugs Bunny.

 

No hay necesidad de de usar ese tono de voz. Ya les dije que lamento lo de esos niños. No soy un maniático, ¿saben?

 

Bueno, si se quedan tranquilos y no se sulfuran. Era el 23 de mayo, allá por 1956. Lo recuerdo porque era el cumpleaños de mi prima Sally Lou, que además cumplía 23. Ese par de 23 se me quedaron en la cabeza. Esa noche en la Sociedad Birch pasaron una película anti pornografía que me dejó cachondo e incómodo, ahora que lo recuerdo. Ahí fue que tuve una discusión con Perry English. Sobre los Illuminatuses. Le dije que, viendo que eran la fuerza oculta detrás de los Sionistas, probablemente hubiera otra fuerza oculta detrás de ellos. Es lógico, ¿No? Pero él me dijo que yo estaba borracho y tuvimos un cruce de palabras, y luego de eso dejé de ir a las reuniones de la Birch.

 

Verán, al otro día, 24 de mayo, fue cuando lo vi.

 

Pues bien, sé que algunos de ustedes no creerán esto. Todos esos Illuminatuses en la Fuerza Aérea hicieron realmente un buen trabajo al lavarle el cerebro al público sobre estas cosas. Pero yo sé lo que vi con mis propios ojos.

 

Iba manejando a lo de Roy Holmes. Roy tiene la hacienda más bonita del Condado de Mad Dog, y no encontrarán una mejor persona que él. Debía verlo por su muchacho, Roy Jr., que había enfurecido a los vecinos cuando robó la letrina de Jem Taylor y la colocó en el jardín de la iglesia católica a la que van los mexicanos. No es que eso le importara mucho a la gente, pero apenas habían pasado dos o tres semanas desde que robara el Volkswagen de Sid Gardner y lo pusiera sobre el techo del Ayuntamiento. Querían que le pusiera un freno al muchacho antes de que cometiese alguna travesura verdaderamente grave.

 

Así que iba manejando a lo de Roy para decirle que tenía que hacer algo con el chico antes de que el torpe jovenzuelo anduviese tonteando por ahí con dinamita como el muchacho de Pete Riley, que voló en pedazos mientras trataba de convencer a Polly Smythe de que la falla de San Andrés en verdad se extendía hasta el oeste de Texas. Ese fue un caso muy triste; el chico sólo quería que ella huyese junto a él a Cuernavaca.

 

Y ahí estaba yo, a quince millas del pueblo en la Ruta 17, en un día claro y despejado como pocos que haya visto incluso en estas partes, donde la mayoría de los días son claros y despejados. Al principio no lo vi; lo sentí. Es decir, el auto comenzó a fallar y luego se detuvo por completo, y me recorrió una sensación realmente extraña, como una especie de rayo invisible.

 

Y allí estaba, a no más de cien metros sobre mí, tan grande como un campo de béisbol. Era casi todo plateado, pero tenía una especie de brillo naranja alrededor. Y realmente parecía un plato. Vamos, ríanse. Nadie puede decirme qué vi y qué no vi.

 

No, no había ningún enanito verde mirándome a través de los ojos de buey, ni nada por el estilo. Pero esa cosa estaba allí y yo sentí su rayo atómico o lo que fuera que haya sido, y mi auto también lo sintió porque, como dije, el motor se detuvo.

 

Bueno, miré hacia arriba y pensé que mi hora había llegado. Porque inmediatamente hice la conexión: yo había estado hablando sobre el poder detrás de los Illuminatuses justo la noche anterior, y ahora ellos estaban allí, echándome un vistazo para que yo supiera que uno no puede hablar sin que ellos lo sepan. Y luego habló la Voz:

 

“Jim Carpenter” dijo, “ten cuidado”.

 

Y salieron disparados como un obús, y esa fue toda la experiencia.

 


Uno de los psiquiatras que intentó sonsacarme luego de lo que pasó con Suzie Belle me dijo que mucha gente ha visto platillos voladores y que personalmente creía que había algo allá arriba. Pero dijo que yo debía considerar que la última parte – la Voz – había sido mi propia imaginación dado que estaba sobreexcitado por la cercanía de esa cosa. Dijo que la voz había sido autohipnosis.

 

Nunca escuché nada más estúpido. Mi auto no tuvo nada que ver con eso; estaba detenido. Y, además, ¿Cómo puede un auto hipnotizar a alguien?

 

Allí estaba a mis cuarenta y dos años, todo un contactado platillista de mediana edad. Además, yo era el único contactado que tenía una idea clara de lo que la gente de los platillos estaba haciendo – manejando a los Sionistas, los Illuminatuses y los Lamas tibetanos para ablandarnos y tomar el poder. Yo veía todo el panorama; pero, claro, no podía decírselo a nadie. Sabía que me fulminarían en el lugar si decía una palabra.

 

Al final ese día no fui hasta lo de Holmes. Volví a casa para emborracharme y pensar en lo que había pasado. Fue una pena, porque esa misma noche Roy Jr. robó una bazuca del ejército e hizo un agujero del tamaño de un autobús en la oficina del director de la secundaria. Odié tener que enviar al muchacho a la granja estatal.

 

Bien, durante los siguientes diez años me convertí en lo que ustedes podrían llamar un hombre de lectura. Tal cual. George Adamski me visitó una vez y dijo que nunca había visto tantos libros sobre platillos voladores juntos en un solo lugar. Claro, no se lo tomó muy bien cuando le dije que los ocupantes de los platillos que él contactaba eran unos malditos mentirosos y que en realidad estaban conspirando para esclavizarnos. Pero le habían lavado el cerebro, y no quiso escucharme.

 

No, no volví a ver otros platillos. Sólo esa vez, a manera de advertencia.

 

Todos esos años debí haber escrito cartas como a unos mil entusiastas del tema en todo el país. No obtuve mucha ayuda de su parte. Eran como los birchers: sabían que algo estaba ocurriendo, pero no sabían realmente de que se trataba. Y mientras tanto, las cosas iban de mal en peor en todo el mundo, especialmente aquí en esta tierra del Señor. A veces pensaba que tenía el deber de hablar, de alertar a la gente. Pero mi madre no crió a un idiota: sé cuándo callarme la boca.

 

Mi decadencia y caída final, como podrían llamarla, fueron esos malditos libros que mencioné antes. El Hombre Sensual. La Mujer Sensual. La Pareja Sensual. El Suburbio Sensual.

 

El Reverendo Pettigrew se quejó de que Floyd Gummer los tenía en su tienda. Así que fui y se los confisqué. Floyd era un buen tipo y yo sabía que no iba a denunciarme a la Unión Estadounidense de las Libertades Civiles ni a ningún otro de esos revoltosos controlados por los Illuminatuses. Simplemente le conté sobre la queja y él me dio los libros tan manso como un cordero. Al igual que yo, él tampoco quería tener en contra al Reverendo. Pueden estar seguros de que uno aprende más diplomacia en un pueblo pequeño que en las Conferencias por la Paz de Paris.

 

Allí fue donde cometí mi error. Debí echar esos libros al fuego de inmediato. Pero no. Estaba escrito, supongo. Algunos nacimos para la horca, e incluso aunque lleves la placa de la ley durante diecinueve años, el destino todavía puede encontrarte. No digan que un hombre fue bueno o malo, o afortunado o desgraciado hasta después de enterrarlo.

 

Hojeé uno de los libros. Creo que era El Hombre Sensual. No importa: terminé leyendo los cuatro. Varias veces. Como ya dije, tal vez nací para ser colgado.

 

Sabía que esas cosas pasaban en Francia y en Grecia. Quiero decir, soy un adulto de cincuenta y cinco años de edad y sé por qué los chicos de la secundaria le decían ‘El Ovejero’ a Charlie, el hijo de Bob Leffett. Pero esto era diferente. No se trataba del lerdo de Charlie Leffett; era todo el país. Los Illuminatuses habían logrado destruir nuestras fibras morales de una manera que nunca había imaginado. Tal vez fue algo que pusieron en la fluorización, pero esos libros me abrieron los ojos: ese tal Kinsey no estaba delirando. Realmente estaba ocurriendo una revolución sexual a gran escala y yo era parte de una generación anterior, y no podría sumarme.

 

Tal vez también fue mi edad. Un hombre de casi sesenta años sabe que no le quedan tantos años por delante.

 

Bien, para ir resumiendo, fui hasta El Paso y compré uno de esos vibradores. Lo guardé en la oficina por un tiempo y a veces lo sacaba, lo miraba, y reflexionaba. Pensaba mucho sobre esas cosas. En lo que más pensaba era en esa que se llamaba a sí misma La Mujer Sensual, usándolo en una bañera llena de gelatina. Cada vez que me bañaba pensaba en eso.

 

Suzie Belle nunca habría accedido a ese tipo de actividades foráneas. Caramba, ni siquiera podía convencerla de hacerlo con la luz encendida.

 

Esto siguió durante meses. Me sentaba en la oficina observando el vibrador y mirando pasar a las chicas de la secundaria y sus minifaldas. Parecía que cada año se acortaban más, a pesar de los sermones dominicales del Reverendo Pettigrew. Allí estaba la hija más chica de Lem Simpson, Sally Ann, que tenía una de esas minifaldas como de cuero con terminación recta a solo un cuarto de pulgada por debajo de la Tierra Prometida. Encendía el vibrador en mi mano mientras la veía pasar. Si en este país tuviéramos una censura adecuada, nada de esto me hubiera ocurrido. Sólo encendía el aparato y pensaba en ella metida en una bañera llena de gelatina junto a mí, o recibiendo al Viejo Amigo a la francesa, ya saben. Hacía vibrar ese aparato como loco cuando pensaba en eso.

 

Una vez traté de reeducar a Suzie Belle. Quería que lo hiciéramos en el dormitorio en vez de hacerlo en el baño, como siempre. Intenté decirle que era más sofisticado y limpio de esa manera. Y ella sólo dijo “el baño es para la suciedad. El dormitorio es para dormir”. Seguía con la idea de llenar la bañera de gelatina, pero ella habría pensado que me había vuelto loco, lo mismo que si le hubiera contado sobre la Voz del platillo volador.

 

Ser un hombre de ley también influyó en todo esto. La gente es bastante pacífica aquí en Mad Dog, pero he hecho unos cuantos arrestos. A veces se me ocurría que podía dispararle a cualquiera de ellos mientras estábamos a solas, y que nadie dudaría de mí si decía que había sido en defensa propia. Eso realmente me impactó: cuánto más fácil era matar a un hombre que involucrarse en todo ese asunto de hombres y mujeres sensuales que estaba ocurriendo a lo largo y ancho del país. Había días en que me sentaba en mi oficina a contemplar el vibrador y mi pistola y a rumiar.

 

Traté de poner la sesera en cosas más saludables. Comencé a hacer una lista de las personas que con total seguridad para mí eran Illuminatus que trabajaban para la gente de los platillos. Empecé con Nixon, los Muppets, Jack Warner, Charles Atlas, Sirhan Sirhan, y llegué hasta los 500 nombres cuando finalmente me di cuenta de que no podía confiar en nadie.

 

Más adelante le mostré la lista a uno de los psicólogos. Él quedó verdaderamente impresionado, y dijo que cada mente es un tesoro, o algo así. Dijo que yo era un representante de la otra contracultura, tan alejada del estilo de vida americano como los hippies o los yippies. Supongo que tenía razón. Nunca logré involucrarme en los quehaceres de la gente sensual. No he hecho nada más que encender el vibrador y pensar.

 

La gota que rebalsó el vaso, como supongo que dirán, fue cuando un día miré mi balance bancario. Soy lo que llamarían un tipo frugal; “sin derroche no hay miseria” solía decir mi papá. Tenía $ 18.000, y comencé a pensar en cuánto tiempo lo gastaría en un lugar como New York, con todas esas sensuales chicas hippies, y de cuán sorprendidas estarían al descubrir que un viejo muchacho campesino como yo supiera todo acerca del trampolín mojado, el plato combinado, la cosquilla plumosa, el torbellino de terciopelo y, carajo, me pongo cachondo con sólo mencionar los nombres.

 

Y esa fue la semana en la que Nixon salió en televisión desde China, brindando con el presidente Mao y llamando a Karl Marx “un gran filósofo”, y pude darme cuenta de que estábamos realmente acabados. Sospeché que en realidad aquél era Alger Hiss detrás de una máscara de goma de Nixon, pero eso no importa. Porque si la máscara hubiera caído allí mismo, en directo y por televisión, no hubiera habido ninguna diferencia, las fibras morales del país están arruinadas. La gente solo habría dicho “bueno, tal vez la manera en que el Sr. Hiss llegó a la presidencia fue un tanto extraña, pero por Dios, ahora es nuestro presidente y tenemos que apoyarlo”. No habría ninguna diferencia si hubiera sido Joe Stalin o Adolf Hitler en persona para el caso. Los malditos tontos habrían dicho “es nuestro presidente y tenemos que apoyarlo”. Así está el país desde que el porro, la heroína y la educación sexual se metieron en las escuelas.

 


Un último polvo: eso era todo lo que quería. O un primer polvo. El hombre tendría que tener derecho al menos a una experiencia sensual en su vida antes que los Illuminatuses junto a los educadores sexuales y los mutiladores de ganado lleguen y dicten el toque de queda, cierren los candados, nos metan a todos en comunas, y comiencen a realizarles abortos a nuestras mujeres.

 

Claro que fue una decisión dolorosa, porque luego de tantos años me había encariñado con Suzie Belle. Pero desde que encendí aquél vibrador y lo sentí ronronear en la mano supe que esto debía terminar de esta manera. Durante cincuenta y cinco años de mi vida había creído ser una buena persona, pero debí ceder ante la verdad. El Diablo estaba dentro de mí. No quería chicas neoyorquinas ordinarias, quería chicas neoyorquinas de escuela secundaria en minifaldas, siempre y cuando fueran limpias y no se drogaran.

 

La pobre Suzie Belle debía morir.

 

Pasé semanas investigando viejas historias de detectives y libros sobre crímenes reales antes de encontrar el método perfecto. Nada sofisticado – cuanto más te complicas, más probable es que lo estropees. Lo mejor es algo que luzca como una muerte común y corriente. Si empiezas a tontear con historias de ladrones imaginarios que entraron en la casa, te enredarás en los cabos sueltos. Un ataque cardíaco era ideal.

 

Belladona. La sombra mortal.

 

Los síntomas son iguales a los de un ataque cardíaco y el médico pondrá eso en el certificado de defunción, a menos que algo le despierte sospechas y realice una autopsia. Bien, eso no me preocupaba. En primer lugar, Doc Hollister era un viejo haragán, y no querría hacer nada que me complicara la vida, en segundo lugar. Y, en tercer lugar, yo tenía un truco para poner la idea correcta en su cabeza y mantenerla allí. Y en cuarto lugar, él realmente era bastante tonto.

 

Yo no fantaseaba con cometer el crimen perfecto. De cualquier manera nunca funciona. El truco es hacer que el accidente sea convincente (o que el ataque cardíaco luzca real, en mi caso). El crimen perfecto no existe. Una vez que un asesinato ha sido reconocido como tal, cualquier investigador entrenado va a llegar al fondo en unas pocas semanas – fuera de las historias de detectives, quiero decir. Yo buscaba algo de lo que nadie sospechara o investigara.

 

El miércoles 23 de mayo – lo recuerdo porque era el decimosexto aniversario de mi contacto con el platillo volador – puse mi plan en marcha, dejando abierta la puerta del gallinero antes de ir a mi oficina en el pueblo. Tal cual lo planeado, veinte minutos después Suzie Belle estaba en la comisaría jadeando y resollando, quejándose de que las gallinas se habían escapado y que no había podido atraparlas a todas estando sola. Todo el mundo iba a recordarla jadeando y sin aliento el día anterior al ataque cardíaco.

 

Me costó muchísimo atrapar a esas gallinas, dicho sea de paso.

 

A la hora del almuerzo llamé al Doc Hollister y lo cité en EAT GAS. Le decimos así porque tiene dos letreros, uno al lado del otro, y uno dice EAT (coma) y el otro GAS (gasolina), entonces a primera vista parece que dijera ‘coma gasolina’.

 

Le dije al Doc que quería que el sábado pasara por casa para revisar el corazón de Suzie Belle debido a que estaba respirando con dificultad últimamente.

 

Y eso fue todo. Todo estaba preparado. Fui a casa y eché la belladona en el té de Suzie. Ella siempre toma una tetera completa a la tarde mientras mira As the World Turns y Dark Shadows en la tele ¿cómo iba yo a saber que todos esos chicos de la escuela de gramática iban a ir a casa y compartirían el té?

 

Además, deben recordar que ninguno de los libros sobre venenos que leí dice nada sobre lo que sucede cuando ingieres belladona en dosis subtóxicas. Ninguno de esos libros decía que los hippies de New York y San Francisco la tomaban para divertirse. Yo no sabía nada de eso.

 

Yo no tenía ni idea de lo que estaba pasando cuando el pequeño Joe Sawyer apareció corriendo por Main Street gritando que tenía unas cucarachas rojas, blancas, y azules encima, y que estaban tratando de comérselo.

 

Comencé a correr tratando de atrapar al pobre chico, mientras él chillaba que yo era una cucaracha roja, blanca, y azul, cuando las dos chicas de Bronson, Sally Lou y Mary Ann, se sentaron de repente en medio de la calle riéndose a carcajadas. El viejo Roy Witherspoon, que justo venía en su vieja camioneta Ford, tuvo que dar un volantazo para no atropellarlas y terminó incrustándose en la vidriera de Acme Clean While-U-Wait.

 

Pensé que todo el pueblo se había vuelto loco. No tenía ni idea que yo y mi belladona éramos los responsables de todo aquello.

 

Entonces, el chico de Shea, el pequeño Billy, reunió una multitud a su alrededor hablando sobre unas brujas que veía pasar zumbando en el aire montadas en sus escobas. Están escribiendo en el cielo, decía, como solían hacer esos viejos aeroplanos publicitarios, y comenzó a leer lo que escribían. Eran cosas realmente interesantes, como “el pepinillo de My Lai que explotó con Spider Man en dieciséis domingos es un cocodrilo”.

 

Ahí fue cuando que Paul Hurst, el chico del medio de Hurst, se dirigía a la vidriera de la farmacia, hizo el movimiento como de estar abriendo una puerta y atravesó el cristal. Escuché que tuvieron que ponerle veinte puntos.

 

Esto siguió así en todo el pueblo durante la tarde y la noche. El Reverendo Pettigrew estaba diciéndole a todo el mundo que nuestros chicos habían sido poseídos por demonios, otra gente decía que debía ser por efecto de la marihuana, y Doc Hollister explicaba que aquello no era marihuana ni LSD y que apostaría su reputación a que era estramonio. Cuando dijo eso, súbitamente tuve una sensación de vacío en las tripas y todo comenzó a cuajar para mí.

 

Se me ocurrió que tal vez yo había convertido a todos los niños del pueblo en drogadictos. Más tarde uno de los psiquiatras me tranquilizó. Dijo que muchos hippies habían probado la belladona para viajar, pero que rara vez volvían a probarla. Y probablemente no sea adictiva, dijo con voz seca y graciosa, porque “usualmente la muerte sobreviene antes de que la adicción llegue a enraizarse”. También me dijo que alguna gente del viejo mundo la utilizaba en sus rituales religiosos, y que algunos nunca regresaban de la iglesia. Así fue como se ganó el nombre de ‘sombra mortal’, me dijo.

 

El sol se puso sobre una triste escena ese día en Mad Dog. Todos los hombres del pueblo estaban trabajando junto a mí, tratando de atrapar a los niños y llevarlos al campo de baseball para que no continuaran chocándose cosas y haciéndose daño. Fue un trabajo difícil porque aquellos niños no nos veían ni nos escuchaban. Ellos veían y escuchaban lo que se les aparecía en las alucinaciones de la belladona.

 

Entonces, justo cuando estaba oscureciendo, un montón de mujeres aparecieron en Main Street, llevando pedazos de una de las ovejas de Charlie Peter que ellas mismas habían atrapado y descuartizado. Iban cantando algo que de ningún modo tenía sentido, como “Halsy mimsy whoopsy Gort, hivey divey jivey Mort”, etc. Parece que Suzie Belle había reunido a las madres y les había dado un poco de té para calmarlas.

 

Era todo un espectáculo, ya les digo. Todas esas mujeres enloquecidas cantando divey jivey Mort con los dedos rojos de la sangre de la oveja descuartizada y los niños aún corriendo alrededor gritando cosas sobre pepinillos azules danzantes o sobre hombres lobos corriendo por los tejados. Uno casi no podía distinguir a Mad Dog de Haight Ashbury.

 

No puedo estar de acuerdo con ese psiquiatra que me dijo que en cualquier otro lugar y época, aquella habría sido la experiencia religiosa más importante del pueblo. (...)

 

El lado bueno de todo esto es que nadie murió, a pesar de que seguramente hubieron muchos cortes, golpes y quebraduras. Mi abogado me dice que estoy siendo demandado por más de veinte millones de dólares por treinta y ocho querellantes, además de estar acusado por intento de homicidio y otros seis cargos de los que el fiscal me acusa, incluyendo el de desatar una guerra química contra el estado de Texas en violación de los convenios de Ginebra.

 

 No me preocupa hacer esta declaración para el Servicio de Salud Pública de los EEUU, y sé que puede ser utilizado en mi contra en cualquiera o en todos mis juicios. Lo mejor es aclarar bien las cosas cuando se ponen así de feas. Suzie Belle me pidió el divorcio, y no voy a culparla.

 

Nadie puede decirme que no vi ese platillo volador. El mundo es mucho más raro y siniestro de lo que la mayoría de la gente cree. Pregúntenselo a cualquiera de las personas que tomaron un poco de aquella belladona y estarán de acuerdo conmigo. Suzie Belle siguió viendo un oso polar con polera negra que la seguía hasta dos semanas después del suceso. Bien, yo sé que el oso polar no está allí realmente, pero ¿cómo puede alguien probar que las cosas que vemos cuando estamos comiendo, por decir, puré de papas o bebiendo Coca-Cola están allí realmente? ¿Cómo pueden probarlo realmente?

 

Desearía que buscaran mi vibrador y me lo enviaran aquí a la cárcel. Solía calmarme y alcanzar una verdadera paz interna cuando encendía esa cosa y miraba pasar a las chicas de la secundaria con sus minifaldas. Me hace sentir un hombre sensual.

 

Como un sofisticado.


 

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